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Kirguistán busca estabilizarse con la mediación internacional

Rosa Otunbayeva, responsable del nuevo gobierno kirguiso

El presidente depuesto de Kirguistán perdió ayer definitivamente la batalla del poder y decidió tomar lo que le ofrecían los mediadores internacionales: el exilio. Kurmanbek Bakiyev, al parecer acompañado de otros miembros de su familia, abandonó ayer en un avión militar la pequeña república ex soviética de Asia Central y aterrizó en la ciudad de Taraz, en Kazajistán.

Con su huida, se terminan los temores a que se produzca otro derramamiento de sangre como el ocurrido el 7 de abril, cuando los enfrentamientos entre la policía y la oposición causaron 83 muertos en la capital del país, Bishkek. Según el gobierno interino que formó la oposición la semana pasada, antes de abandonar el país el presidente depuesto firmó una carta de dimisión. Según un comunicado del ministro de Exteriores de Kazajistán, Kanat Saudabayev, el fin de la crisis fue “resultado de los esfuerzos conjuntos del presidente de Kazajistán, Nursultan Nazarbayev, del presidente de EE. UU., Barack Obama, y del presidente de Rusia, Dimitri Medvedev, así como la activa mediación de la OSCE, la ONU y la UE”. Kazajistán ejerce actualmente la presidencia de la OSCE. La estabilidad de Kirguistán es fundamental para EE. UU., que tiene una base militar que utiliza para dar apoyo a sus tropas en Afganistán.

La fase caliente de la revolución en la república centroasiática de Kirguistán alcanzó su clímax. El presidente Kurmanbek Bakiyev, de 60 años, renunció una semana después del sangriento levantamiento popular que dejó más de 80 muertos y se exilió en Kazajstán.

Ahora, los kirguisos intentan nuevamente construir una democracia, cinco años después de la llamada Revolución de los Tulipanes de 2005. Quieren una nueva Constitución y que su nuevo mandatario ya no sea tan poderoso. Pero aunque haya pasado el peligro de una guerra civil tras la renuncia de Bakiyev, a la empobrecida ex república soviétiva le espera un difícil nuevo comienzo.

“Las numerosas víctimas de la rebelión no pueden haber muerto en vano”, afirma la jefa de gobierno interina Rosa Otunbayeva, de 59 años. Sin embargo, la jefa del Partido Socialdemócrata sabe que el futuro será difícil. La economía está arruinada debido a las mafiosas estructuras de clan de Bakiyev. Se calcula que el país debe 2.000 millones de euros y no tiene fondos.

También la pobreza, la crisis y el desempleo empujaron a la gente a rebelarse contra Bakiyev y su familia. El politólogo kirguís Mars Sariyev cree por ello que los nuevos líderes serán evaluados por la velocidad con que formen un gobierno fuerte para la recuperación económica. Sólo nuevos comicios legitimarán ese trabajo.

Sin embargo, los analistas ya advierten que en medio de la lucha por el poder, la democracia podría quedar de lado. Tradicionalmente los clanes familiares tienen gran influencia en Kirguistán.

Por ahora hay señales de recuperación, con apoyo de Estados Unidos, Naciones Unidas y también Rusia. El lunes está previsto discutir en la capital Bishkek un primer proyecto constitucional. El objetivo es que Kirguistán sea gobernado por un gobierno fuerte y un Parlamento. “El presidente sólo será una especie de árbitro y asumirá sobre todo tareas representativas”, señala el vicejefe del gobierno de transición, Omurbek Tekebayev.

Agrega que la meta es evitar un gobierno autoritario unipersonal o de una familia como ocurrió bajo Bakiyev. El nuevo comienzo traerá conflictos, como mostraron las primeras medidas del gobierno de Otunbayeva. Sin embargo, la ex ministra del Exterior deja en claro que tiene las riendas. Tras su asunción al poder comenzó la nacionalización de los bienes estatales entregados por Bakiyev, como las empresas eléctricas Sewerelektro y Wostokelektro.

El jefe del Kremlin, Dmitri Medvedev, realizó un llamado inusual. Pidió actuar de otra forma que tras la revolución de 2005 y que el gobierno escuchara a su pueblo. Asimismo, advirtió a otros presidentes autoritarios que la revolución kirguisa podría replicarse.

“El escenario puede repetirse en cualquier lugar si el gobierno pierde el contacto con el pueblo”, dijo Medvedev. Rusia sigue considerando como su zona de influencia a Asia Central, donde también se encuentran las autoritarias ex repúblicas soviéticas de Uzbekistán, Kazajstán y Tayikistán.

Los defensores de los derechos humanos siguen considerando extremadamente frágil la situación en la región. Uzbekistán cerró sus fronteras con Kirguistán, tras la experiencia de 2005, cuando también allí hubo disturbios. En una masacre en Andiyán, los militares uzbecos mataron a centenares de personas en aquel entonces. El líder uzbeko Islam Karimov recuerda esa tragedia y espera poder evaluar el ambiente cuando visite Moscú la próxima semana.Fuente: La Vanguardia, El País (Costa Rica)

Archivado en: asia,

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