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El derrame del conflicto afgano hacia Uzbekistán y Pakistán

La gran pregunta de Afganistán es qué tipo de desastres se están incubando con esta segunda guerra que es consecuencia de los desastres de la primera ¿Será la tercera guerra afgana un conflicto regional más ampliado, hacia Paquistán, Irán y Uzbequistán? (*)

Por Rafael Poch

Entre todas las repúblicas del Asia Central ex soviética es Uzbequistán la que presenta el cuadro más claro para una crisis importante a medio plazo. El conflicto de Afganistán, el interés occidental por la región y las relaciones que determina, son fundamentales para entenderlo. La actual guerra es consecuencia de los desastres heredados por el intervencionismo militar extranjero de los años ochenta y noventa. Por eso merece la pena preguntarse por los desastres que está incubando hoy, por ejemplo de cara a un conflicto regional más amplio. El riesgo de Paquistán es obvio y conocido, excepto, al parecer, para los planificadores del Pentágono. El acoso a Irán, cuya ambición nuclear es tan lógica, también. De Uzbequistán se habla menos.

Nueva situación
Desde las expansiones imperiales del Siglo XIX de la Rusia zarista y de la China Qing (Manchú) hasta 1990, la influencia rusa fue la más vigorosa y dominante en Asia Central. La URSS englobaba en su seno a las actuales cinco repúblicas (Kazajstán, Uzbequistán, Turkmenistán, Kirgizstán y Tadjikistán) y su influencia se hacía sentir al otro lado de la frontera, en la parte china. La propia China fue al principio un “satélite” de la URSS de Stalin, y cuando dejó de serlo y se peleó con ella, Moscú le creó a Pekín algunos problemas en Xinjiang promocionando el separatismo uigur. Lo contrario nunca ocurrió. Esa tendencia de larga duración cambió a partir de 1990, como triple resultado del hundimiento de la URSS, de la ascensión de China y del 11-S.

Rusia tiene hoy gran influencia en las cinco repúblicas, pero ya no forman parte de un superestado con centro en Moscú. Rusia ya no tiene influencia alguna en Xinjiang. Por el contrario, la influencia china, económica y política, aumenta en el mundo y también en las repúblicas ex-soviéticas de Asia Central.

La situación ha cambiado en beneficio de China, pero no se ha invertido porque la influencia que Rusia ha perdido en las cinco repúblicas no ha sido sustituida únicamente por la de China.

Por un lado, esos Estados se han hecho independientes y soberanos, y ejercen su propia influencia, con Kazajstán y Uzbequistán en el papel de potencias regionales. Por el otro, la existencia de grandes recursos energéticos y grandes intereses geopolíticos, ha determinado la presencia de Estados Unidos y la OTAN en la región gracias al 11-S. Así, la nueva situación no es bipolar, sino mucho más compleja.

Podemos decir que: 1- La relación chino-rusa, que desde los años sesenta concentraba casi en exclusiva los riesgos de conflicto en la región, se ha normalizado y estabilizado. Y 2- Que por primera vez desde la época colonial, la presencia occidental vuelve a jugar un papel de desestabilización muy importante en Asia Central. El conflicto de Afganistán es aquí crucial.

Guerras que incuban otras
Visto desde Europa o América, el conflicto de Afganistán se compone de dos guerras. La Primera fue un producto del gran conflicto Este-Oeste y una consecuencia de la Revolución Iraní de 1979. Ambos factores desencadenaron la torpeza invasora soviética y las intervenciones de la CIA, su homólogo paquistaní, el ISI, y la monarquía saudí, induciendo, potenciando y financiando un radicalismo sunita contra la URSS que compensara al mismo tiempo la influencia revolucionaria del radicalismo chiíta en el Golfo.

La Segunda es un asunto de geopolítica de recursos y de belicismo imperial occidental, con la excusa del “terrorismo”. La región del Golfo más la cuenca del Caspio y Asia Central concentran el grueso de las reservas energéticas mundiales. Quien controla eso, controla el mundo. Estrategas americanos como Zbigniew Brzezinsky dejaron muy claro, ya en 1997, cuatro años antes del 11-S, el objetivo estratégico de hacerse con el control de Asia Central, lo que se consideraba como la “recompensa” de Washington (ese es el término utilizado) por haber vencido en la guerra fría.

Esa es la razón de ser de una presencia militar allá, que es punta de lanza entre Rusia y China, y, a la vez, estrecha el cerco a Irán, la única potencia petrolera hostil a Occidente que queda en la gran región energética del mundo. Además, hay un factor de militarismo estructural de Estados Unidos (que ese país incubó durante -y heredó de- la guerra fría) y que tiene cierta inercia propia: se hace la guerra porque hay un aparato diseñado para hacerla y que tiene mucho poder, económico e institucional, a la hora de imponer políticas y prioridades.

Para los afganos de a pie que sufren el conflicto, se trata de una sola guerra: una “guerra de los 30 años“, una maldición incomprensible que viene de fuera como fue para los indochinos de los años cincuenta, sesenta y setenta. Recordemos la película de los últimos treinta años:

En los setenta Afganistán era un país pobre y atávico, pero no particularmente violento, más allá de les escenas del mundo tribal. Los hippys occidentales iban allá a fumar cannabis. Después de; decenas de millones de rublos y dólares, millones de armas y bombas, un millón de muertos y cinco millones de refugiados, con su sociedad destruida, el país se convierte en un “problema de terrorismo“. Con esa inversión en desastre, cualquier sociedad destruida acaba convirtiéndose en un desastre. Afganistán no es un “estado fallido”, sino un “estado fallido inducido” por la intervención de Occidente -un Occidente que en este caso incluye a Rusia y abarca de San Francisco a Vladivostok.

Lo que hay que retener de ese conflicto es que la excusa alegada en la segunda guerra (el 11-S, el terrorismo) es un producto claro y directo de la primera guerra (los mujaidines, Bin Laden, Taliban) que se volvió contra sus creadores. No hay ninguna razón para pensar que la “guerra de los treinta años” no se convierta en una “guerra de los cuarenta años“, porque se sospecha que no hay mayor factor de conflicto y de terrorismo que la propia “guerra contra el terrorismo“, de la misma forma en que el 11-S fue resultado acumulado de políticas belicistas irresponsables (el “Blowback” de Chalmers Johnson).

Lo que nos interesa subrayar hoy, al decir que la primera guerra preparó el caldo de cultivo de la segunda, es la pregunta sobre qué tipo de desastres se están incubando ahora con esta segunda guerra de cara a una tercera, que puede ya no ser sólo una “guerra afgana”, sino un cáncer regional más ampliado, digamos afgano-paquistano-uzbeco-iraní, por ejemplo.

En Paquistán se considera que fuera de determinadas regiones la insurgencia islámica no tiene base para hacerse con el país entero. La actual ampliación de la guerra, con ataques diarios de aviones no tripulados que matan a población civil, puede acabar ofreciéndosela. Lo mismo podemos decir de Uzbequistán donde quizá sólo un tercio de la sociedad apoyaría hoy una fórmula de gobierno islamista. En Camboya el gobierno de los jmeres rojos era impensable en aquella benevolente monarquía del rey Sinahuk…, hasta que los bombardeos americanos le prepararon el terreno entre la población. Estoy sugiriendo un efecto de ese estilo para Asia Central… En cualquier caso, parece que el conflicto afgano va a tener una contribución destacada al caos del Siglo XXI (Wallerstein).

Espiral represión-radicalismo
En Uzbequistán el régimen de poder personal del Presidente Islam Karimov, antiguo primer secretario del Partido Comunista Uzbeco en la época soviética, sostiene una dura represión, arbitraria e indiscriminada, contra todo lo que huela a oposición e islamismo incontrolado o político. Arbitrariedad y brutalidad quieren decir que una mujer puede ser detenida y violada por la policía porque su hermano ha sido detenido por meras sospechas de relación con algún grupo islámico. Quiere decir que la tortura es sistemática (así la califican los informes de la ONU) con algún caso de detenido muerto por haber sido sumergido en agua hirviendo. Quiere decir que los tribunales no conocen sentencias exculpatorias, y que las cárceles se llenan con miles de presos. Esa práctica es un incentivo que empuja hacia la radicalización ideológica e invita a un activismo violento, a todo aquel que se oponga al régimen.

La historia de “Namanganí”
El 16 de febrero de 1999 una serie de bombas colocadas en diversas sedes oficiales de la capital uzbeca, Tashkent, estallaron sembrando el caos. Las autoridades atribuyeron aquello primero al “Hizb ut-Tajrir”, un partido islámico que se declara opuesto a la violencia, y luego, a las pocas horas, al “Movimiento Islámico de Uzbequistán” (MIU). El MIU había sido fundado en 1995 en Kabul por dos activistas uzbecos, Dyumaboi Jodyiev, alias “Namanganí”, y Tajir Yuldash.

“Namanganí” había luchado como soldado soviético en Afganistán a finales de los ochenta. Al regresar a su ciudad natal de Namangán, en el Valle de Ferganá, un espacio que combina la mayor densidad demográfica de la antigua URSS, con enormes tasas de desempleo y una pirámide demográfica muy joven, nuestro hombre se hizo islamista. En el contexto de una URSS que se desmoronaba, muchos evolucionaban hacia el tradicionalismo y se encontraban con un Islam parcialmente corrupto y muy controlado por el Estado y su policía, lo que no les parecía ni ejemplar ni inspirador. Se trataba, pues, de “purificar” el Islam. “Namanganí” fundó un grupo alternativo llamado “Tovbá” (Caridad) y al poco tiempo tuvo que huir de la represión. Se refugió en Tadjikistán, donde participó en la actividad guerrillera que desencadenó la cruenta guerra civil en aquella república (por lo menos 50.000 muertos entre 1992 y 1997).

En los años noventa, la guerrilla tadjica había recibido amparo del principal señor de la guerra del norte de Afganistán, el tadjico Ajmad-Shaj Masud. En 1992, Masud y otros mujaidines habían entrado en Kabul, después de que la errática política de Boris Yeltsin cortara el suministro de carburante al gobierno ex-prosovietico del Doctor Najibullah, sin duda el gobierno menos malo que Afganistán ha tenido en los últimos 35 años. Aquel corte determinó típicos cambios de bando de importantes aliados de Najibullah, hacia el dinero occidental y los mujaidines, y desembocaron con la caída de Kabul. La toma de la capital inició a su vez una mortífera guerra entre las fracciones mujaidines apoyadas por Occidente, que redujo Kabul a ruinas. Ese era el Kabul de 1995 en el que “Namanganí” y Yuldash fundaron el “Movimiento Islámico de Uzbequistán”.

Internacionalismo jihadista
En la capital afgana los dos uzbecos entraron en contacto con el dinero y las relaciones internacionales de Bin Laden. Su proyecto era crear un sultanato centroasiático, y en ese proyecto Uzbequistán aparecía como el eslabón principal de una cadena. La mentalidad era que si caía el régimen de Karimov en Uzbequistán, toda la región se desmoronaría como un castillo de naipes…

En 1996 los talibán se impusieron, como una fuerza de orden, sobre las caóticas y corruptas facciones mujaidines, y tomaron a su vez Kabul. En los cuatro años siguientes consolidaron su poder por todo el país, más allá de su área matriz pashtún, pero no lograron desplazar a Ajmad-Shaj Masud (entre tanto, beneficiario de apoyos y armas rusas) de su enclave del Valle del Panshir y de las provincias de Tojar y Baglan. Visité el Panshir en aquella época y pude apreciar hasta qué punto era frágil la posición de Masud, que en dos ocasiones estuvo a punto de perder su bastión.

El 11-S comenzó en Afganistán dos días antes, el 9 de septiembre, con el atentado que mató a Ajmad-Shaj Masud. Un grupo de islamistas camuflado como periodistas de televisión hicieron estallar la bomba que llevaban instalada dentro de su cámara, acabando con quien era sin duda una de las figuras más carismáticas y eficaces de la antigua escena mujaidín. El cálculo era que cuando llegara la previsible represalia por lo de Nueva York, con ataques al santuario afgano, los occidentales no pudieran disponer de un aliado como Masud que les ayudara o hiciera el trabajo por ellos a cambio de armas y dinero. Los talibán desplegaron el contingente “internacionalista” del Movimiento Islámico de Uzbequistán” (MIU) de “Namanganí” y Yuldash, en el que no había solo uzbecos, en el norte del país. Eran unos 3000 hombres y su base estaba en una antigua fábrica de algodón de la provincia de Kunduz.

El MIU se hundió en otoño de 2001, junto con todo el dispositivo militar talibán, durante la intervención americana en Afganistán. Sus “jihadistas internacionales” fueron prácticamente los únicos presos de la batalla de Kunduz, a cuya debacle asistí. Mientras los talibán, simplemente se cambiaban de bando, pasándose a los vencedores mediante típicos pactos afganos, y los combatientes paquistaníes eran repatriados de Kunduz por aviones militares del ISI paquistaní, los únicos que quedaron al descubierto y fueron hechos prisioneros fueron los combatientes del MIU.

Los presos que se tomaron fueron conducidos a la fortaleza de Kalai Jangí, cerca de la ciudad de Mazarí Sharif, donde presencié su rebelión, cuando lograron reducir a sus guardias con granadas que llevaban ocultas en sus ropas y dieron muerte a un agente de la CIA –la primera víctima estadounidense del conflicto. A aquella rebelión siguió una masacre. Primero un avión americano lanzó sobre la fortaleza un mar de bombas incendiarias. Luego, en la última etapa del asedio, la última resistencia se redujo inyectando gasolina en los sótanos de la fortaleza y prendiendo fuego para obligar a salir a los escondidos. Muchos de los presos que sobrevivieron a aquello, morirán días después asfixiados en los contenedores de los camiones en los que fueron encerrados. Y algunos de los que sobrevivieron a eso acabaron en Guantánamo… “Namanganí” murió en Kunduz, pero Yuldash logró huir a Tadjikistán. Casi diez años después, su nombre vuelve a sonar.

Regímenes inestables
Las cinco repúblicas ex soviéticas del Asia Central siguen hoy gobernadas por regímenes patriarcales-autoritarios que podemos llamar “democracias de imitación” (Furman) en el sentido de que celebran “elecciones” y tienen “parlamentos” y constituciones para cubrir las formas, pero que en esencia son sistemas puramente autoritarios. Kazajstán, Uzbequistán y Turkmenistán, ni siquiera han conocido pequeñas transferencias de poder. Los dos primeros siguen gobernados por los antiguos lideres soviéticos locales, Nursultán Nazarbayev e Islam Karimov, mientras que en Turkmenistán su homólogo, Saparmurat Niyazov, murió en 2006 y el poder pasó a uno de sus compañeros, Gurbanguly Berdimujamedov (del que se rumorea es hijo del anterior). En Uzbequistán y Turkmenistán no hay una oposición legal.

Las turbulencias de muy diferente nivel y carácter que conocieron Tadjikistán y Kirgizstán -en el caso de Tadjikistán muy graves, como se ha dicho- determinaron rotaciones en el poder respecto a la estructura de la época soviética. En Tadjikistán un hombre procedente del nivel bajo de la estadocracia soviética, Emomalí Rajmonov, se hizo con la Presidencia en 1994. En Kirgizstán, cuyo clima político era, y sigue siendo, mucho más amable y distendido, un académico “alternativo”, Askar Akaiev, asumió el poder en 1990 y lo mantuvo hasta 2005, cuando fue derribado por una “revolución naranja” que llevó al poder al primer ministro de Akaiev, Kurmanbek Bakiev, quien no ha cambiado nada esencial. Medida en aspectos como la eliminación de opositores o periodistas, la tendencia de los regimenes de Tadjikistán y Kirgizstán es hacia el endurecimiento.

Todos estos regímenes, pertenezcan al grupo de los más o de los menos duros, contienen semejantes ingredientes que los condenan a conocer crisis y convulsiones políticas a medio plazo. El control de la sociedad, la falta de pluralismo institucional y de libertad de información, convierten en ciegas a sus elites, que pierden la visión de los procesos sociales. La promoción de los obedientes merma talentos y deteriora la calidad del gobierno. Todo ello potencia la corrupción, lo que a su vez revierte en una perdida de legitimidad. La represión radicaliza a la oposición y su carácter ciego, indiscriminado y arbitrario, amplía el espectro de los descontentos. En los casos en los que no hay descendientes varones para una sucesión patriarcal del caudillo se crean condiciones para conflictos por la sucesión. Ni Nazarbayev ni Karimov tienen hijos varones. Karimov acaba de nombrar a su hija, Gulnara, embajadora en España –aunque la noticia aun no se ha divulgado en Tashkent- pero es impensable que una mujer le suceda en el poder.

Todo eso lleva a pensar que en los cinco Estados se producirán crisis políticas profundas, pero es en Uzbequistán donde hay el mayor potencial para un conflicto de mayor envergadura, incluso explosivo y violento.

Frágil Uzbequistán
Un ejemplo con valor de precedente lo ofrecen los sucesos de Andiján del 13 de mayo de 2005. Las protestas contra el juicio a un grupo de hombres de negocios locales que eran miembros de una organización islámica, se reprimió a tiros. Centenares de personas murieron. Si el levantamiento hubiera triunfado, por ejemplo con los soldados negándose a disparar, se podría haber extendido por gran parte del país. En ese caso el régimen de Karímov habría quebrado, en beneficio de otro de tipo islámico que tampoco habría sido democrático. Desde hace poco se han producido atentados suicidas en la región de Andiján. Una vez más, todos estos sucesos deben ser cotejados con la evolución del conflicto de Afganistán.

Desde que la ruta pakistaní de aprovisionamiento de la OTAN por el Jiber Pass se ha hecho menos segura a causa de los crónicos atentados, la OTAN utiliza la puerta norte de Afganistán, por la frontera con Uzbequistán y Tadjikistán, como vía de aprovisionamiento. En Sherjan, donde antes había que cruzar la frontera del río Amudaría hacia Tadjikistán en barcazas, los americanos han construido un puente. El norte de Afganistán, que hasta hace poco era tranquilo -lo que determinó la decisión alemana de enviar a sus soldados allá y no al revuelto sur- se ha convertido en una complicada zona de guerra. La razón es que la insurgencia afgana quiere cortar e interferir esa nueva ruta de aprovisionamiento de la OTAN.

La captura de dos camiones cisterna por los talibán y su bombardeo, ordenado por los alemanes el 4 de septiembre de 2009, con 140 muertos civiles como resultado, ilustró muy bien la situación. A raíz de aquello se supo que un grupo alemán de operaciones especiales, el KSK, practica en el norte de Afganistán los mismos asesinatos extrajudiciales que los americanos y sus mercenarios de “Blackwater” realizan diariamente en el sur de Afganistán. Los americanos han enviado 5000 soldados de refuerzo al norte de Afganistán para responder a la subida de tono del conflicto allá.

Según informes paquistaníes, esta situación estaría reactivando al Movimiento Islámico de Uzbequistán de Tajir Yuldash. También hay noticias de que los destacamentos de mercenarios de “Blackwater” practican asesinatos extrajudiciales en el propio territorio uzbeco, como hacen en Paquistán. El operativo alemán en Afganistán, cada vez mayor y más discutido, se dirige desde la base que el Bundeswehr tiene en Termez, una ciudad uzbeca separada de Afganistán por un puente construido por los soviéticos en los ochenta.

Este marco de estrecha “cooperación antiterrorista”, permite a los regimenes de las repúblicas ex-soviéticas justificar su represión de la oposición con el mismo discurso “antiterrorista” que la OTAN utiliza en Afganistán. Occidente pone el acento en la cooperación de “seguridad”, e ignora y no actúa en absoluto en el principal proceso de podredumbre y desestabilización interna: la propia “lucha antiterrorista” de esos regímenes, que no es más que una represión, arbitraria e indiscriminada, de toda oposición, para mantener un poder autoritario. La masacre de Andiján de 2005, introdujo un embargo de venta de armas a Uzbequistán, pero el régimen uzbeco sabe que si coopera disciplinadamente con las necesidades de los occidentales (disponer de bases militares entre Rusia y China, derechos de paso para suministros necesarios en el conflicto afgano, y acceso a recursos energéticos), nunca tendrá nada que temer. El Bundeswehr, por ejemplo, entrena a oficiales uzbecos en Alemania.

En 1990, el extremismo islamista no era una alternativa seria en Uzbequistán. Ahora, en gran parte gracias a la política de Karimov y el sostén “antiterrorista” occidental, quizá habría que revisar aquella observación. Por eso, el pronóstico para el Asia Central ex soviética es que los “intereses de seguridad” de Occidente relacionados con la guerra de Afganistán amplían el cáncer de todos los regímenes de la región, un cáncer que su propia autocracia genera, pero Uzbequistán es el país más expuesto.(*) Este artículo parte de la conferencia, “Turquestán, Islam entre rusos y chinos“, impartida por el autor el 4 de marzo en la Fundación Instituto Euroárabe de Granada.

Fuente: La Vanguardia

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